Niños que te puedes encontrar en un Parque Infantil.

Cuando te conviertes en padre hay muchas cosas que no sabes, algunas ya os las he contado en “Diez cosas que un padre aprende de su hija“. Entre ellas, la de horas que te vas a tirar en los parques infantiles, que se han convertido en el nuevo “¿Dónde has estado?”, “Jo máma, pues por ahí”. Tener un hijo te cambia los hábitos y los lugares que frecuentas y, con el buen tiempo, bajar al parque es ineludible.

No voy a entrar a valorar la calidad de los mismos ni voy a comparar los actuales con los que usábamos en nuestra niñez, lugares donde el óxido campaba a sus anchas y los hierros rotos eran compañeros de juego. Mi objetivo aquí es intentar explicar que aunque parezcan un desorden total y absoluto para el ajeno que pasa junto a uno de ellos, en realidad existen unas reglas no escritas marcadas por la propia personalidad de cada niño que los utiliza. Y por supuesto de sus padres. Advierto desde ya que cuando digo “niño” me refiero al genérico y englobo niño/a, que no quiero que se me llene el post de “o/a”.

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